jueves, 31 de enero de 2008

Un retrato del mundo antes de la Primera Guerra Mundial: la Torre del orgullo


Tuchman, Barbara W., La torre del orgullo. 1890-1914. Una semblanza del mundo antes de la Primera Guerra Mundial, Barcelona, Península, 2007, 527 pp.
T. o.: The proud Tower: A Portrait of the World Before the War, 1890-1914, New York: Macmillan ; London: Hamilton, 1966
Una traducción más literal del título en inglés hubiera sido más justa con la obra. Barbara W. Tuchman (Nueva York 1912-1989) que destacó por su habilidad retratando personas, intentó en esta obra retratar una época. La tesis del libro es sencilla de enunciar: la que más tarde se conoció como época hermosa —la Belle Epoque— resultó hermoseada en el recuerdo a causa del horror que se vivió tras ella: la Gran Guerra (1914-1918). Pero si se la mira con detenimiento se aciertan a descubrir en ella los rasgos tenebrosos que no faltan en ningún tiempo. Es más, se advierte cómo germinaban en ella las semillas que tan amargo fruto dieron.
De algún modo este libro es una secuela de su espléndido Cañones de agosto, centrado precisamente en la Gran Guerra. La torre del orgullo es una indagación en las causas del estallido de la conflagración, en las raíces del mal que se eclosionó en 1914, una de esas preguntas que desafían la interpretación de la historia de occidente.
Tuchman elabora una respuesta a ese interrogante en un retablo de ocho escenas: la alta sociedad británica y su gobierno del mayor imperio del mundo, el anarquismo o el terrorismo fanático con que los desesperados creyeron luchar por un mundo ideal, el comienzo de la aventura imperial de los Estados Unidos fuera del continente americano, el acerado debate político interno en la Francia de finales del siglo XIX, las relaciones diplomáticas y el belicismo en la era de la paz armada, el tormento y el éxtasis de la vida cultural alemana, el comienzo de la vida política democrática en la Inglaterra postvictoriana, y el socialismo frente al patriotismo y la guerra.
Cada una de las escenas está habitada por personajes minuciosamente retratados unas veces, y otras sólo esbozados. Casi nunca falta en el discurso de Tuchman la descripción física de los actores de la historia que relata. Consigue así dotar a su composición de una enorme plasticidad, que resulta reforzada por su inteligente y prolífico manejo de las citas y de las referencias cruzadas: el lector tiene la impresión de ver a los protagonistas, escuchar sus conversaciones y sentir el ambiente en que se desenvolvían.
Quizá el cuadro resulte demasiado centrado en occidente. Seguramente no cabía introducir fácilmente otros factores en la obra. Puede que esa sea la razón por la que la autora escribió años más tarde otra obra que le valdría un segundo premio Pulitzer: Stilwell and the American Experience in China, 1911-1945. En todo caso, la argumentación resulta marcadamente atlántica, Asia o África apenas si aparecen, y el mundo Mediterráneo lo hace sólo de forma marginal. Con todo, España figura como protagonista de primera línea en dos momentos de resonancia mundial de nuestra historia: el asesinato de Cánovas por un anarquista, y la guerra contra los Estados Unidos en 1898.
Alguna decisión sorprendente confiere cierta genialidad a la obra, como por ejemplo elegir el retrato del compositor Richard Strauss para evocar la Alemania de preguerra. Cierto que el Kaiser aparece como un actor secundario, y Nietzsche como la fuente de la opinión allí triunfante entonces, pero eso no obsta para que resulte notable la elección de un músico para describir el «heroísmo brutal que flotaba en el aire» germano de esos años.
En su interpretación de conjunto, la obra sigue los cánones liberales anglosajones de interpretación política y social: realista y marcadamente empirista. La salva hasta cierto punto del materialismo la calidad del análisis sicológico de los protagonistas. Si, además, se concede que uno de los mejores tributos al espíritu es el sentido del humor, cabe fácilmente disculpar la casi nula entidad que reconoce a las realidades espirituales. Quizá por eso, casi todo sea en este libro un fino bosquejo de cómo el poder de los hombres está siempre impregnado de fragilidad, y cómo su orgulloso disfrute lleva muchas veces aparejada la maldición de la ceguera.
Pablo Pérez López