viernes, 23 de abril de 2010

El aborto en las aulas universitarias


Recojo este artículo del historiador Felipe Fernández-Armesto, que me parece excelente.




ME PARECE fenomenal que algunas universidades ofrezcan cursos sobre el aborto. Si son rigurosos y los profesores, personas honradas y cualificadas, los alumnos aprenderán que la interrupción del embarazo es un mal tremendo y profundo que deshonra a nuestra sociedad. En este sentido, tales cursos pueden ser útiles e instructivos. Aún es posible que conduzcan a una sociedad más ética, a unas leyes más racionales y a un mundo más feliz. Lo que no me agrada es que un ministro los proponga y que el Gobierno pretenda infligirnos más cursos obligatorios en lugar de dar libertad a los profesores y ensanchar el currículo con mayor diversidad de temas. Las universidades españolas ya sufren demasiado por la maldita influencia de los políticos y los excesos de exigencias burócratas.
Si queremos que nuestras facultades mejoren y que ocupen el lugar en el mundo académico que corresponde a los méritos de su profesorado y a la calidad de las investigaciones que realizan, un paso imprescindible es confiar en los docentes, que son los más adecuados para planear el currículo, y dejarles que cumplan libremente con su vocaciones, sin someterse a las agendas de los partidos.
Imaginamos lo que sería un curso sobre la teoría y práctica del aborto, tal como el que demanda la ministra de Igualdad Bibiana Aído. Por supuesto, si yo tuviera que darlo, prescindiría de toda aproximación religiosa y me acercaría al tema desde una óptica totalmente laica, práctica, liberal y rigurosa, basada en hechos precisos. Empezaría con los aspectos científicos. La clase se daría cuenta de que la vida es un proceso continuo en el que no hay ningún momento, durante la larga historia de crecimiento y cambio que se inicia con la concepción y termina con la muerte, que corresponda a una ruptura o a un comienzo nuevo. Veríamos que el niño no nacido es, biológicamente, un ser humano. ¿Pues a que especie más pudiera pertenecer?
Lograríamos entender que un feto es un ser dependiente pero distinto, que no se puede considerar como una célula o una uña o un cabello o un mero miembro del cuerpo de su madre. Pasaríamos luego al aspecto lógico. Cederíamos ante la imposibilidad de identificar ninguna diferencia racionalmente discernible entre momentos seguidos de una vida, y reconoceríamos que el feto a los nueve meses tiene tanta importancia y tanto valor como otro de nueve meses menos un minuto o un segundo; u otro de ocho o siete o seis meses o de un mes, o de 21 semanas menos un segundo o 0,00001 segundos... y así hasta llegar al momento de concepción.
Luego plantearíamos los aspectos lingüísticos. Apreciaríamos la fuerza del hecho de que cada madre que sienta la presencia del bebé en su vientre se refiere a «mi bebé» o «mi niño». Cuando los vecinos le preguntan por la salud del pequeño, no les contesta: «No se trata de un bebé sino de unas células carentes de personalidad ni de valor moral», ni dice que esa parte de su propio cuerpo es tan saludable como el dedo de su pie, o su hígado o uno de los huesos de su rodilla.
En la siguiente parte del curso se abordarían los aspectos filosóficos. Estudiaríamos los argumentos acerca del momento en el que el feto adquiere personalidad u otro rasgo moralmente significativo que diferencia un feto abortable de una persona cabal. Veríamos que no existe ninguna prueba científica de tal cosa. La clase se enteraría de que el concepto de una personalidad como esencia humana es tan vaga como el concepto religioso de alma o espíritu. Nuestra conclusión sería que si existe tal esencia, es, al menos, tan racional suponer que se inicia en el momento de la concepción como en cualquier momento subsiguiente. De igual manera, admitiríamos que el valor de la persona no nacida no depende de su estado de desarrollo físico.
Moralmente, carecer de tal o cual órgano o miembro es una diferencia puramente física, equivalente a las que honramos entre los minusválidos o amputados, o personas excesivamente altas o bajas o lo que sea. En una sociedad decente y civilizada, no condenamos a una persona a muerte por ser calvo, o por haberse quitado un riñón, o por desarrollarse físicamente a una tasa más lenta o atrasada que los demás. Por los mismos motivos, no consideramos las capacidades mentales ni las sensibilidades morales como calificaciones para la vida, sino que reconocemos que todos somos igual de dignos de vivir a pesar de nuestras distintas capacidades.
La siguiente parte del curso se contemplaría desde un enfoque que partiera de la psicología social. Examinaríamos las pruebas de que los padres son conscientes de la vida de sus hijos no nacidos, que su amor se enciende por ellos y que sufren traumas psicológicos profundos si abortan a sus hijos. Por tanto, tendríamos que descartar los argumentos de quienes digan que el niño no nacido puede matarse por carecer de personalidad social, o por no haber establecido relaciones sociales con los demás. Estos criterios, si se consideran justificables, se cumplen perfectamente en el caso de los niños no nacidos, quienes comparten ya una relación con los que les aman y les esperan, o con los que les odian o les temen o quieren desembarazarse de ellos.
Pasaríamos entonces a la temática jurídica. Por todas las razones ya conocidas, nos daríamos cuenta de que no existe ningún motivo honrado por excluir a los niños no nacidos de los derechos jurídicos. Concretamente, el concepto de los derechos humanos carece de sentido si no se reconoce que su punto de partida es el derecho a la vida. Todos los demás -incluso los derechos «a la libertad y la búsqueda a la felicidad», según reza el documento fundacional de los derechos humanos en la época de la Ilustración-parten de allí. Si te abortan, ¿qué te importa la libertad, o el derecho a tener propiedad, o de ser juzgado imparcialmente, o votar, o cualquier otro de los privilegios de los a quienes los abortistas nos permitieron vivir? Para que sea un derecho humano, tiene que extenderse a todos. Si no, deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio. Y un niño no nacido, como ya hemos visto, es un ser humano, por no petenecer a ninguna otra especie.
Luego abordaríamos el tema práctico. La base de cualquier sistema ético es esta regla de oro: no hagas a los demás lo que no quisieses que te hagan a ti. Si alguien quiere que se le hubiese abortado, tiene el derecho de pedir el aborto para otras personas. Pero estoy seguro de que le calificaríamos de enfermo mental, víctima de un grave estrés o del autoengaño.
Para mantener una sociedad estable y pacífica, debemos respetar la inviolabilidad -no digo que la santidad, porque éste es un curso universitario y nos limitamos a términos seculares-de la vida humana, porque todos los que estamos vivos tenemos un interés clarividente en mantenerla. Si admitimos excepciones -que un judío, por ejemplo, o un negro, o un gay, o un zurdo, o un obeso, o un fumador, o una persona minusválida, o un rubio, o un niño no nacido-puede descartarse y condenarse a morir, por tener menos valor que una persona supuestamente normal en una sociedad determinada, con sus prejuicios peculiares, abrimos la posibilidad de que la sociedad admita a otras categorías exentas, a las cuales se nos incluirá a nosotros mismos. Si se excluye a un niño no nacido del derecho de vivir, ¿porqué no a mí?
DEJARÍA mi propia disciplina, que es la Historia, para la etapa siguiente y casi última del curso. Explicaría a los alumnos que a lo largo de los siglos los seres humanos hemos tenido que luchar contra la dificultad de apreciar la unidad moral de nuestra especie. En las sociedades más primitivas, por lo que sabemos, existía un concepto del grupo, definido por parentesco o por participar en una vida común. Todos los de fuera se calificaban de bestias o demonios. Poco a poco, los humanos lográbamos respetar a los miembros de las sociedades vecinas. Empezábamos a intentar amar al próximo y luego a extender ese respeto al vecino más alejado. Íbamos formando sociedades cada vez más grandes, reconociendo la conciudadanía de gente con quienes no tuvimos relaciones activas.
Durante una época muy larga, retorcida de dolor y manchada de sangre, seguíamos excluyendo a categorías menospreciadas: gente distinguida por tener la piel de otro color, o cuerpos extraordinarios, o narices largas, o pelo negro, u opiniones supuestamente repulsivas, o por sufrir enfermedades como la lepra o la epilepsia, o por ser niñas hembras que se sacrificaban en masacres de inocentes en tiempos históricos, y siguen siendo víctimas de los mismos prejuicios en ciertas zonas del mundo en el día de hoy. Pero poco a poco, hemos abandonado el infanticidio, menos en el caso de niños no nacidos. Y hemos reconocido que todos los seres humanos -menos los niños no nacidos-pertenecen a la misma comunidad moral.
Quedaría tiempo, antes de finalizar el curso, para debatir sobre el futuro y cómo ajustar las leyes ante los horrores del aborto. Espero que los alumnos piensen que no hay que perseguir a las mujeres que -a veces por su pobreza, miseria o falta de educación-optan por la interrupción del embarazo. Ni que hay que condenar a los que por su ignorancia, como sospecho que es el caso de Bibiana Aído, promueven el aborto o ayudan a las mujeres que, en fin de cuentas, son víctimas, ellas incluso, cuando pierden a esos hijos que hubiesen podido animarles, ensalzarles y enriquecerles la vida.
Ya sabemos todos que la sugerencia de Bibiana fue un gesto vacío, una postura exhibicionista para llamar la atención de la prensa, sin ninguna posibilidad de convertirse en ley ni de materializarse en términos prácticos. Veo en ella, en cambio, grandes ventajas. Pero si acabo dando cursos sobre el aborto, espero que sea por mi propia cuenta. No quiero excluir a los no nacidos del derecho a vivir, ni quiero admitir la interferencia política en mi aula de clase.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU).


El Mundo, 23 de abril de 2010, p. 21

domingo, 11 de abril de 2010

Entre las causas de Katyn. Un homenaje a Polonia.


Adam Zamoyski, Varsovia, 1920. El intento fallido de Lenin de conquistar Europa, Madrid, Siglo XXI, 2008, 138 pp.
La trágica noticia del accidente aéreo que ha costado la vida al Presidente de la República de Polonia, Lech Kaczynski, y a casi un centenar de compatriotas suyos, cuando se dirigían a rezar por las víctimas de Katyn y a rendirles homenaje, me ha animado a comentar unas cuantas obras sobre Polonia que estaban esperando su momento.
Comencemos con una breve, pero muy interesante, la de Adam Zamoyski. El libro narra sumariamente el intento soviético de exportar la revolución a Alemania (la revolución lógica y debida en teoría marxista), atravesando Polonia, que "había aparecido" entre los dos países al terminar la Gran Guerra (1914-1918). Comenzaría así, según Lenin, la revolución comunista europea, antesala de la mundial.
Conviene recordar que Alemania, Rusia y Austria-Hungría se había repartido Polonia tiempo atrás, y que sólo en 1919, con los tratados de paz posteriores a la Primera Guerra Mundial, había renacido una Polonia independiente.
Pues bien, el ataque del gigante del Este fracasó, para desconcierto de Lenin. Pero fracasó in extremis, hasta el punto de que los polacos lo llamaron "el milagro del Vístula".
Stalin tuvo su protagonismo en estos hechos, que luego tergiversó en los libros de Historia para borrar sus errores. Muchos autores ven en esta humillación de las armas soviéticas la raíz de la tragedia de Katyn. Es interesante conocer por qué. Estaría también, por tanto, en la cadena de causas que han conducido al fatal accidente de ayer.
Por cierto, hubo un capitán francés que contempló estos hechos y sacó consecuencias interesantes. Se llamaba Charles de Gaulle.

El Islam y España


Martín de la Hoz, José Carlos, El Islam y España, Madrid, Rialp, 2010
España es uno de los pocos países que ha sido islámico y ha dejado de serlo. Según alguno de nuestros historiadores más destacados este hecho ha dejado una marca indeleble en nuestra manera de ser. Esta obra de divulgación, ofrece un recorrido por toda esa historia en menos de 250 páginas.
Inevitablemente la descripción y la colección de datos básicos ocupa una parte importante del trabajo, pero su autor, especializado en Historia de la Iglesia, consigue hacerlo ameno y comprensible, añadiendo algunos comentarios clarificadores, suyos o de otros autores. De hecho es algo así como un resumen de buena parte de la bibliografía relevante sobre el tema, a un nivel de alta divulgación.
Arranca del nacimiento del Islam y llega hasta ocuparse de su "vuelta" en nuestros días.
Vale muy bien como iniciación al conocimiento del asunto, ahora que cobra cada vez más interés.

¿Qué sabemos del Islam?


Samir Khalil Samir, Cien preguntas sobre el Islam, Madrid, Encuentro, 2003, 223 pp.
Dos periodistas italianos, uno de ellos de origen libanés, Giorgio Paolucci y Camile Eid, dan formato de conversación o entrevista a esta interesante colección de declaraciones de Samir Khalil Samir, egipcio, cristiano y jesuita. Es decir, preguntan acerca del Islam a un cristiano descendiente de cristianos que llevan 13 siglos conviviendo con el Islam. El hecho de que el entrevistado sea un intelectual interesado doblemente en el tema, con varios libros y centenares de artículos publicados, facilta la claridad de planteamientos.
El resultado es muy interesante y resultará clarificador para un público muy amplio: en general el conocimiento que tenemos del Islam es bastante escaso. Se trata de sus fundamentos, la posibilidad de que cambie, la cuestión de los derechos humanos y de la relación con Europa y con el cristianismo.
El punto de vista elegido es religioso, pero sin obviar cuestiones puramente culturales y políticas. El resultado es respetuoso y en mi opinión aleccionador. Una magnífica introducción al Islam.

lunes, 29 de marzo de 2010

Una lección de historia reciente francesa

Benoît Pellistrandi, un historiador francés, hispanista, ha publicado un lúcido comentario sobre la situación creada en la derecha francesa tras las últimas elecciones regionales. Es una muy interesante lección de historia política reciente en Francia. Acceder al Artículo de Benoît Pellistrandi

domingo, 14 de marzo de 2010

Tres obras de Franz Werfel



Franz Werfel (Praga, 1890-Beverly Hills, 1945) fue un dramaturgo y novelista austriaco del que nos interesan ahora tres obras, las tres de fuerte calado histórico pero muy diferentes entre sí.
La primera que le hizo famoso, en 1933, cuando vivía ya en Viena, fue Los cuarenta días del Musa Dagh (Madrid, Losada, 2003), obra que llamó la atención sobre el genocidio armenio realizado por los turcos
durante la Gran Guerra. Relata la vida en siete pequeñas aldeas de mayoría armenia en la actual Turquía en 1915, cuando reciben una orden de deportación que equivalía a la aniquilación. Su decisión de resistir les lleva a la montaña Musa Dagh donde aguantan durante cuarenta días hasta llegar a su asombroso final. Es un relato de extraordinaria viveza, épico en muchos de sus elementos, y con un toque de humanidad muy propio de su autor.
Este libro de Werfel, judío, fue muy leído entre sus correligionarios del gueto de Varsovia durante la segunda guerra mundial.
Los otros dos libros datan de ocho años más tarde.
Franz Werfel huyó de Austria a Francia en 1938, con motivo del Anschluss, la incorporación de este territorio al III Reich alemán. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940, mientras buscaba angustiosamente la forma de huir de nuevo, esta vez a América, prometió a la Virgen María en Lourdes escribir un libro sobre la historia del lugar si le ayudaba a escapar. Lograda la huida, cumplió su promesa en los Estados Unidos, en Los Ángeles, un año más tarde, al publicar La canción de Bernadette: historia de las apariciones de la Virgen de Lourdes (Madrid, Palabra, 2006). El libro resulta de lectura apasionante, otra vez Werfel consigue
realizar un retrato de sus personales extraordinariamente humano y gráfico. Enfrentado ahora a una historia de muy difícil narración, este autor judío escribe una de las novelas que mejor retratan la visión de los sobrenatural por los católicos. El retrato de Bernardette Soubirous es especialmente impresionante. Pero el de la propia ciudad de Lourdes y la vida de sus gentes más pobres a mediados del siglo XIX resultan también admirables.
Es curioso cómo este texto de principios de los años cuarenta tiene un carácter que resulta marcadamente actual. Quizá sea por lo que Werfel apunta en el prólogo, cuando relata que el libro no nace solamente de la promesa hecha en 1940 en Lourdes, sino de raíces más antiguas: «El valor para llevar a cabo esta empresa me lo ha dado una promesa mucho más antigua e inconsciente. Ya en los tiempos en que escribía mis primeros versos, me juré que magnificaría siempre y en todas partes, en mis escritos, el mistero divino y la santidad humana, sin hacer caso de la época, que se mantiene alejada, con burla e indiferencia, de los valores esenciales de la vida.»
También en 1941, Werfel publicó Una letra femenina azul pálido (Barcelona, Anagrama, 1998), una novela más corta y de tema bien distinto. Un alto funcionario austriaco, en los años de entreguerras, recibe la visita de una mujer, que será también una oportunidad de salvación. Como entre velos, la obra evoca cuestiones como el sentido y el fin de una vida, el afán de triunfar, el amor, la comodidad, la seguridad, la sinceridad y las apariencias.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Humo humano. Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la civilización


Nicholson Baker, Debate. Barcelona, 2009. T.O.: Human Smoke

El general alemán Franz Halder, un descontento con Hitler desde el principio, terminó la guerra encarcelado en un campo de concentración. Hacia el final de la contienda vio entrar en su celda copos de humo. Los llamó humo humano.

Un predicador norteamericano, John Haynes, pacifista y dramaturgo, expresó lo que pensaba recuperando una cita de San Agustín que describía una victoria romana en la que el conquistador acabó pareciéndose al conquistado: “el precioso tesoro de nuestra civilización está a punto de ser barrido.” Era el 14 de diciembre de 1941.

Con esos elementos se entiende mejor el título de esta obra cuyo estilo imitamos en los párrafos anteriores. Es un libro sin índice. No puede tenerlo porque no se estructura en capítulos ni epígrafes, únicamente en párrafos, o agrupaciones de párrafos que relatan o evocan unas palabras o unos hechos por lo general minuciosamente localizados. Escrito con un estilo deliberadamente sobrio, constituye un ejemplo de argumentación más emotiva que racional. No es la lógica lo que se impone, al menos no directamente, sino la impresión que transmiten un conjunto de pinceladas de técnica impresionista.

El autor consigue lo que pretende: transmitir unas ideas casi por con-sentimiento o compasión, sin agregar argumentaciones propias a lo que parecen meros enunciados de hechos o dichos. La fuerza argumental del texto se asemeja así a la que el cine documental tiene para los espectadores: da la impresión de que, simplemente, se está siendo testigo de hechos desnudos. Pero, evidentemente, no es eso lo que ocurre, al menos no es todo lo que sucede.

Al final del libro, cuando el autor culmina su brillante exposición, también desvela sobriamente su propósito: rendir homenaje a los pacifistas británicos y norteamericanos que intentaron salvar a los refugiados judíos, alimentar a Europa, reconciliar a Estados Unidos y Japón y evitar que estallara la guerra. «Fracasaron, pero tenían razón» (p. 528).

Así pues, Baker piensa que la guerra pudo haberse evitado si los pacifistas hubieran sido escuchados. No lo fueron, según él, porque los belicistas ganaron el debate político y condujeron al Reino Unido primero y a los Estados Unidos después, a una conflagración que tanto Churchill como Roosevelt deseaban. Los dos estadistas se nos presentan como belicistas e incluso brutales, obsesionado el primero con los bombardeos y el segundo con la marina. La descripción que se hace de su obstinación por ir a la guerra provoca que Hitler aparezca a veces como un moderado, y siempre como un moderable. Es necesaria esa comparación porque es la única forma de dar a entender que la guerra pudo haberse detenido mediante acciones pacíficas.

La contradicción que encierra esta argumentación con algunos hechos, ni se considera. Se recogen incluso datos difícilmente compatibles con la tesis del libro; pero eso no desvía su argumentación. Por ejemplo, se narra (pp. 88-89) cómo fue relevado de la jefatura del Estado Mayor alemán el general Beck en 1938 por oponerse a los planes de Hitler de anexionar Checoslovaquia. Se explica que le sustituyó su segundo, Halder, que conspiró con otros militares para derrocar a Hitler y evitar que el líder nazi provocara una nueva guerra mundial. Pero cuando su golpe iba a producirse, Chamberlain, el primer ministro británico, se avino a ceder Checoslovaquia con tal de evitar la guerra. «El general Halder, agotado y creyendo que la mejor oportunidad de derrocar a Hitler acababa de perderse, apoyó la cabeza en el escritorio y lloró.»

La de Chamberlain, aunque la más famosa, no fue la única decisión en línea de apaciguamiento, o pacifista, que se adoptó en esos años: y condujo a la guerra. Baker sostiene, en cambio, lo contrario. Pero es que su estilo permite mantener tesis contradictorias, como es propio de un discurso más emocional o sentimental que racional.

La obra tiene entre otros méritos hacer pensar sobre una realidad que ya ha sido puesta de relieve por los historiadores: la gravedad moral de las decisiones aliadas sobre el bombardeo de poblaciones civiles. Otra cosa es que se presente a Churchill como el más sanguinario inventor del bombardeo de las poblaciones civiles y el hostigador de un Hitler deseoso de detener la guerra. Esto segundo se compadece mal con multitud de hechos que no se mencionan. El más clamoroso es el caso de la Rusia comunista: a diferencia de Churchill, Stalin sí pactó con Hitler, trató de evitar la guerra, le facilitó importante ayuda y, finalmente, fue atacado y protagonizó la guerra más intensa en Europa, muchísimo más importante que la que se libró en el frente occidental, que parece ser la única para Baker. Puede que en este punto esté una de las omisiones más graves del libro.

Otro dato histórico relevante es que la obra se detiene el 31 de diciembre de 1941. Es decir, se centra en las razones por las que los Estados Unidos se vieron introducidos en la guerra, arrastrados, según el autor, por Churchill y el belicismo de Roosevelt frente a un Japón que aparece deseoso de evitarla. Hubiera sido una bonita historia, pero no hay manera de creerla viendo lo que Japón venía haciendo en Manchuria y en China desde 1931 y todavía más desde 1937.

La cuestión del holocausto judío mercería un comentario aparte. Baker sostiene que sin el empecinamiento belicista angloamericano, seguramente Hitler hubiera llevado adelante un programa de expulsión y reasentamiento judío, en Madagascar, por ejemplo, pero no una aniquilación sistemática.

Estamos, pues, en mi opinión, ante un libro interesante, que genera un sano desasosiego frente a la interpretación dominante de la Segunda Guerra Mundial, que ayuda a reflexionar sobre la responsabilidad moral y los errores de los Aliados, pero inconsistente al presentar algunos hechos, sobre todo por omisión y otras veces por falta de coherencia. No parece que vaya a ser el último en esta línea. Hoy mismo un diario español publica una entrevista con un autor que sostiene tesis parecidas. Setenta años después de su comienzo, y terminada la larga posguerra que se vivió como Guerra Fría, parece que entramos en una nueva fase de interpretación de la peor guerra de la historia.