«Los tiempos cambian, no en vano son eso, tiempos» |||||| (San Agustín, La ciudad de Dios) |||||| Reflexiones acerca de la historia, comentarios de sucesos y de las publicaciones que se ocupan de ellos.
viernes, 14 de marzo de 2008
Kosovo independiente, Europa dependiente
Otra vez, y van muchas desde 1941, una cuestión central de la historia europea ha sido decidida por el criterio norteamericano sin que los europeos hayamos sido capaces de llegar a un acuerdo sobre ella (recuérdese el ejército alemán en 1954-1955, o Hungría 1956, o la guerra en Yugoslavia en 1995, o Kosovo en 1999).
Pero esta vez el asunto parece de envergadura: el precedente de reconocer un nuevo país, que sólo (o sobre todo) se mantiene por la presencia de tropas extranjeras en él, frente al criterio de otros europeos que se oponen a la medida, no parece augurar nada bueno. No es difícil adivinar qué intuyen los que se oponen a esa medida que deberían hacer para solucionar el problema de acuerdo con su criterio.
Sé que no era sencillo hacer caminar las cosas en otro sentido. Pero dudo que se haya valorado lo peligroso que puede resultar este precedente.
jueves, 31 de enero de 2008
Un retrato del mundo antes de la Primera Guerra Mundial: la Torre del orgullo

Tuchman, Barbara W., La torre del orgullo. 1890-1914. Una semblanza del mundo antes de la Primera Guerra Mundial, Barcelona, Península, 2007, 527 pp.
T. o.: The proud Tower: A Portrait of the World Before the War, 1890-1914, New York: Macmillan ; London: Hamilton, 1966
Una traducción más literal del título en inglés hubiera sido más justa con la obra. Barbara W. Tuchman (Nueva York 1912-1989) que destacó por su habilidad retratando personas, intentó en esta obra retratar una época. La tesis del libro es sencilla de enunciar: la que más tarde se conoció como época hermosa —la Belle Epoque— resultó hermoseada en el recuerdo a causa del horror que se vivió tras ella: la Gran Guerra (1914-1918). Pero si se la mira con detenimiento se aciertan a descubrir en ella los rasgos tenebrosos que no faltan en ningún tiempo. Es más, se advierte cómo germinaban en ella las semillas que tan amargo fruto dieron.
De algún modo este libro es una secuela de su espléndido Cañones de agosto, centrado precisamente en la Gran Guerra. La torre del orgullo es una indagación en las causas del estallido de la conflagración, en las raíces del mal que se eclosionó en 1914, una de esas preguntas que desafían la interpretación de la historia de occidente.
Tuchman elabora una respuesta a ese interrogante en un retablo de ocho escenas: la alta sociedad británica y su gobierno del mayor imperio del mundo, el anarquismo o el terrorismo fanático con que los desesperados creyeron luchar por un mundo ideal, el comienzo de la aventura imperial de los Estados Unidos fuera del continente americano, el acerado debate político interno en la Francia de finales del siglo XIX, las relaciones diplomáticas y el belicismo en la era de la paz armada, el tormento y el éxtasis de la vida cultural alemana, el comienzo de la vida política democrática en la Inglaterra postvictoriana, y el socialismo frente al patriotismo y la guerra.
Cada una de las escenas está habitada por personajes minuciosamente retratados unas veces, y otras sólo esbozados. Casi nunca falta en el discurso de Tuchman la descripción física de los actores de la historia que relata. Consigue así dotar a su composición de una enorme plasticidad, que resulta reforzada por su inteligente y prolífico manejo de las citas y de las referencias cruzadas: el lector tiene la impresión de ver a los protagonistas, escuchar sus conversaciones y sentir el ambiente en que se desenvolvían.
Quizá el cuadro resulte demasiado centrado en occidente. Seguramente no cabía introducir fácilmente otros factores en la obra. Puede que esa sea la razón por la que la autora escribió años más tarde otra obra que le valdría un segundo premio Pulitzer: Stilwell and the American Experience in China, 1911-1945. En todo caso, la argumentación resulta marcadamente atlántica, Asia o África apenas si aparecen, y el mundo Mediterráneo lo hace sólo de forma marginal. Con todo, España figura como protagonista de primera línea en dos momentos de resonancia mundial de nuestra historia: el asesinato de Cánovas por un anarquista, y la guerra contra los Estados Unidos en 1898.
Alguna decisión sorprendente confiere cierta genialidad a la obra, como por ejemplo elegir el retrato del compositor Richard Strauss para evocar la Alemania de preguerra. Cierto que el Kaiser aparece como un actor secundario, y Nietzsche como la fuente de la opinión allí triunfante entonces, pero eso no obsta para que resulte notable la elección de un músico para describir el «heroísmo brutal que flotaba en el aire» germano de esos años.
En su interpretación de conjunto, la obra sigue los cánones liberales anglosajones de interpretación política y social: realista y marcadamente empirista. La salva hasta cierto punto del materialismo la calidad del análisis sicológico de los protagonistas. Si, además, se concede que uno de los mejores tributos al espíritu es el sentido del humor, cabe fácilmente disculpar la casi nula entidad que reconoce a las realidades espirituales. Quizá por eso, casi todo sea en este libro un fino bosquejo de cómo el poder de los hombres está siempre impregnado de fragilidad, y cómo su orgulloso disfrute lleva muchas veces aparejada la maldición de la ceguera.
Pablo Pérez López
jueves, 13 de diciembre de 2007
Causas sagradas. Religión y política en Europa
Sacred Causes. Politics and Religion in Europe
Michael Burleigh, Taurus. Madrid (2006). 640 págs. Traducción: José Manuel Álvarez.
Esta segunda entrega del análisis de las relaciones entre religiones y vida pública en la Europa contemporánea bien puede calificarse de apasionante (para la primera, "Poder terrenal", cfr. Aceprensa 8/06). Para los que no se hayan acercado a la obra, conviene adelantar que Michael Burleigh se ocupa en ella de ese espacio intermedio entre la historia general y la del cristianismo, "donde cultura, ideas, política y fe religiosa se encuentran en un terreno para el que no consigo encontrar una designación satisfactoria".
Quizá lo más importante de esta obra es que pone de relieve que es imposible entender la Europa contemporánea sin conocer la historia del cristianismo en los dos últimos siglos. Esto, en una época en que en los libros de Historia apenas se encuentran referencias a Dios y a la religión, no es escasa muestra de inteligencia ni de libertad de juicio.
La obra parte de las consecuencias de la Gran Guerra (1914-1918) y llega hasta finales de 2005, con referencias incluso a las ideas sobre la sociedad laica que caracterizan al gobierno español de ese año. Aunque centrado en Europa, el libro contiene referencias numerosas a corrientes y sucesos americanos con especial eco en nuestro continente. Se apoya en una bibliografía abundante y sólida, fundamentalmente anglonorteamericana y alemana, pero también francesa, aunque en absoluto española.Podemos encuadrarlo en la corriente historiográfica de los conservadores británicos: impugna de forma explícita las opiniones de las corrientes marxistas y posmarxistas, dominantes en lo que denomina "la universidad de izquierda", es decir, la que tenemos. Su actitud ante el hecho religioso es atenta y perspicaz, aunque se deja ver que no es la de un creyente. Más bien es un churchilliano profundamente convencido del valor de la cultura occidental, consciente de cuánto esa cultura debe al cristianismo y del desastre que sobrevendría de perder esa raíz. Al fin y al cabo su obra es también una colección de ejemplos de lo que ha sucedido cuando el cristianismo ha sido desplazado y sustituido por otras religiones, especialmente las que se han dado en llamar "religiones políticas" o también ideologías secularizadoras.
El comienzo recrea la espiral de vértigo que vivió Europa de la mano de las religiones políticas totalitarias: comunismo, nazismo y fascismo, y desemboca en el infierno de la Segunda Guerra Mundial y el papel desempeñado en ella por el cristianismo y las religiones de sustitución. Quizá lo más interesante sea su estudio del comportamiento de Pío XII y de la Iglesia católica. Las enjundiosas aportaciones sobre quiénes y cuándo comenzaron con las acusaciones sobre el "silencio" de este Papa son muy recomendables para cristianos acomplejados.
Otro elemento que me parece interesante en la obra es la atención prestada a la guerra de España como escenario privilegiado del choque de cristianización y descristianización en la Europa contemporánea. Las brillantes aportaciones del autor y sus discutibles opiniones son una llamada a seguir pensando sobre esta siempre candente cuestión.
El estudio de la posguerra atiende a la construcción de un mundo sin libertad, el comunista, y del efímero éxito de las tendencias demócrata-cristianas. De ahí pasa a un análisis de los sesenta que considero una de las partes más valiosas de su trabajo, quizá precisamente porque son años que suelen evocarse como de pérdida de importancia de la religión cuando quizá tengamos que decir lo contrario. Su descripción de lo que él llama la alternativa bobalicona (al estilo John Lennon) y los efectos del Vaticano II en los católicos, que aventura que convirtieron la fortaleza cultural católica en un colador, es difícil que dejen a alguien indiferente.
Burleigh se pone a prueba a sí mismo con un tremendo capítulo sobre política y religión en torno al problema de Irlanda del Norte, que da pistas sobre asuntos que algún día podríamos pararnos a pensar en España. Para el conocimiento del Reino Unido y de Irlanda me parece una excelente aportación. Termina con dos capítulos centrados respectivamente en el resurgir religioso que terminó con el comunismo y el terrorismo islamista. La mera evocación del contrapunto de estos dos hechos sirve para poner ante el desafío de pensar de nuevo la religión en la vida pública europea, un tema que, como demuestra este magnífico libro, nunca deja de estar de moda.
Pablo Pérez Lópezsábado, 10 de noviembre de 2007
Los porqués de las guerras del siglo XX

Ferguson, Niall, La guerra del mundo. Los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente (1904-1953), Madrid, Debate, 2007. 887 págs.
T. o: The War of the World. Twentieth-Century Conflict and the Descent of the West, Londres, 2006.
Quien pasa por ser el historiador mejor pagado del mundo nos brinda en esta obra un magnífico y extenso trabajo de Historia. No hay que prestar mucha atención a la cronología, que parece un añadido orientativo para el público español y no termina de corresponder al contenido del libro, que arranca en 1901 y alcanza nuestros días. Aunque está centrado en las dos guerras mundiales, su intento es explicar la razón por la que el siglo XX constituyó un periodo de extremada e intensa violencia, quizá el peor de la historia, afirmación discutible que defiende brevemente en un interesante epílogo.
La tesis que sostiene el autor es muy cinematográfica, como gran parte de su planteamiento, que no en vano sirvió, antes que para escribir un libro, para producir una serie documental de televisión del Channel 4 de la BBC. Es también la clave explicativa del título. H. G. Wells imaginó en La guerra de los mundos, su famosa novela de 1898, un escenario apocalíptico en el que unos extraterrestres infligían un daño atroz a la humanidad con extremada violencia. Pues bien, esa visión resultó premonitoria de cómo sería el siglo XX que comenzaba, solo que no serían extraterrestres los sembradores de la destrucción, sino hombres que trataron a otros hombres como si no lo fueran, como a seres infrahumanos merecedores de destrucción. Como complemento de esa evocación literaria, el libro arranca de una mirada al mundo el 11 de septiembre de 1901 a través de la prensa británica. El lector no puede por menos de situarse ante el relato del siglo XX pensando en qué puede depararnos el XXI, tal como pretende el autor.
La explicación que Ferguson aporta de los hechos resulta en algunos casos sorprendente y con frecuencia innovadora. Casi siempre esa renovación viene de la mano de un cambio de perspectiva en el enfoque de la narración, pero no faltan ocasiones en que afronta directamente una renovación de la interpretación dominante de la historiografía, especialmente de la dominante en el ámbito británico, o en general anglosajón. Por ejemplo, el análisis de si la Gran Guerra de 1914 fue esperada o inesperada lo realiza atendiendo al comportamiento de los mercados bursátiles para concluir que resultó inesperada. Cómo engarza ese estudio con el retrato de la política exterior de las casas reales en la época, me parece una de las genialidades que da aire deslumbrante a su obra.
Otro ejemplo en la misma línea es su tesis de que la Segunda Guerra Mundial pudo haberse evitado con una guerra contra Alemania en 1938. Su denuncia del apaciguamiento no es una novedad radical, pero cómo la argumenta es ciertamente interesante y nuevo.
Su explicación de la brutal violencia vivida el pasado siglo se centra en tres argumentos: primero, que se debió a la exacerbación de rivalidades étnicas; segundo, que esos conflictos explotaron como consecuencia de una inestabilidad económica sobrevenida; tercero, que a esos factores se sumó la tendencia a incrementar el uso de la violencia en los imperios en decadencia.
Por lo que hace a lo primero, su estudio de las tensiones raciales y su reflejo en la política, precedido por un repaso de la negación de la diferencia racial por la biología, es amplio y detallado, especialmente para las que estima de intensa fricción en Eurasia: la Europa centro-oriental, y la zona de Corea y Manchuria. Cómo encaja aquí la llamada «cuestión judía» resulta muy interesante. Pero no faltan alusiones a otros ámbitos: los Estados Unidos, el Congo, Bosnia o Ruanda, etc.
En lo segundo Ferguson siempre abunda: le entusiasma buscar explicaciones en los datos macroeconómicos, y otra vez resulta original: la clave de los posibles problemas no estaría en si crece o no la economía, sino en si es o no estable.
En lo tercero, la opresión violenta de los imperios, vuelca su capacidad de abstracción formal en la comprensión de la historia y lo encuentra aplicable a todo: desde el Tercer Reich al Cuarto (la Unión Soviética) pasando por el conjunto entero del libro, que se entiende como una explicación de la decadencia de los imperios occidentales en beneficios de unos nuevos que todavía está por ver cuáles son, aunque Ferguson apunta a China y el mundo islámico.
El texto se alarga porque en ocasiones adquiere el tono detallista propio del guión cinematográfico, presentando estudios detallados de casos muy particulares, con nombres y apellidos. Pero justamente esa es otra de las ventajas de este estudio, que si no podría quedar en una reinterpretación metahistórica para entendidos.
Ningún empirista pondría reparos al planteamiento de esta excelente obra de historia. Sin embargo, no he podido evitar echar de menos en el conjunto alguna integración de la trascendencia, o simplemente de lo no estrictamente material o conductual, en esta ambiciosa e inteligente explicación de nuestro pasado.
Pablo Pérez López
sábado, 27 de octubre de 2007
Política y religión. En torno a unos mártires.
Le he escrito la siguiente nota que remití también al diario:
Cortèges espagnols
J'ai pu lire l'article de M. Henri Tincq paru dans Le Monde du 23 octobre sur la béatification des martyrs de la persécution religieuse en Espagne dans les années trente. J'y ai trouvé des aperçus très intéressants, tandis que d’autres affirmations me semblent pouvoir être complétées ou nuancées. Appeller provocation la célébration de la mémoire des personnes qui ont été tuées à cause de sa foi, sans lutter, tout en pardonnant alors qu’elles attendaient sous les verrous leur exécution, souvent au terme de parodie de procès, me semble quand même laisser de côté le cœur de la question, et constitue, à mes yeux, une grave injustice.
Quelques données historiques importantes éclairent un peu différemment les affirmations de l’article. Ainsi, par exemple, l'Eglise espagnole a fait grand cas des crimes des nationalistes. Le cardinal Pacelli, futur Pie XII, tenta d’obtenir de Franco des conditions de reddition honorables pour les prêtres engagés du côté des nationalistes basques, ce que le général refusa. On sait ce qui leur arriva. Le Cardinal Gomá protesta fermement devant Franco contre cette exécution de quatorze prêtres nationalistes basques. Quoi qu'il soit bien différent de parler de ces prêtres, intégrés dans des unités militaires, que des prêtres, séminaristes, religieux ou religieuses qui n'ont jamais songé à participer à une quelconque formation armée et ont été tués, en effet, par haine de la foi, comme le souligne avec justice M. Tincq.
L'absence d’un plan gouvernemental pour tuer ces personnes n’apporte rien, à mon avis, sur le caractère – ou non – de martyrs de ces victimes. Cela éclaire simplement les ciconstances partisanes, locales ou régionales de ces raids qui aboutissaient aux massacres évoqués. Cependant, des listes nominales existaient – les historiens de cette période les évoquent dans leurs travaux – et cela prouve une certaine préméditation. Certains groupes et partis, qui avaient le pouvoir de contrôler la rue, encourageaient leurs militants à faire rage contre les croyants en tant que croyants. L’affaissement du pouvoir étatique et le désordre du camp républicains dessinent une conjoncture qui ne suffit pas cependant à expliquer la haine manifestée contre les croyants.
La chronologie est, elle, très importante : les martyrs de 1934, avant la guerre civile, ne sont pas une anecdote. Ils montrent comment l’Église et les catholiques ont souffert des attaques en silence avant l'éclatement de la guerre. Il ne faut donc pas oublier ces épreuves qui ont précédé la guerre civile au risque de déformer l'histoire. Quand la guerre éclate, le déferlement de la persécution religieuse a contraint les évêques au ralliement à Franco. La figure du cardinal Gomá en est sans doute l’une des meilleurs illustrations. Auteur de la lettre collective des évêques espagnols de 1937 aux catholiques du monde entier, le cardinal Gomá utilise le mot de croisade. L’Église espagnole a depuis reconsidéré ce texte en soulignant les circonstances exceptionnelles et le climat anti-catholique dans lequel il a été écrit. En 1986, à l’occasion du cinquantième anniversaire de la Guerre, la conférence épiscopale publia un document – Constructeurs de la Paix– qui rappelle que « des causes religieuses furent présentes dans l’affrontement entre Espagnols » et que « si l’Église ne prétend pas être libre de toute erreur, ceux qui lui reprochent de s’être alignée sur Franco doivent prendre en compte la dureté de la persécution religieuse depuis 1931 ». En 1999, un autre document épiscopal insiste sur la nécessaire réconciliation : « le sang de tant de nos concitoyens versé comme conséquence des haines et vengeances, toujours injustifiables, et dans le cas de beaucoup de nos frères et sœurs comme offrande martyrisée de la foi, continue de crier vers le Ciel pour demander paix et réconciliation ».
La distinction entre politique et religion peut paraître subtile (trop, affirme l’auteur de l'article), mais elle me semble très nécessaire: des milliers de personnes on donné leur vie pour leur religion. D’autres milliers de personnes ont lutté pour imposer leur politique par les armes et en tuant. Voilà la subtile différence. Voilà pourquoi je pense que la célébration de ces martyrs ouvre un chemin de paix et réconciliation, et je crois qu'ils sont un cortège lumineux pour les Espagnols et aussi, pourquoi pas, pour le pape. Pour ces martyrs ni l'Eglise ni personne ne doit demander pardon. Au contraire, ce serait à nous de leur demander de nous pardonner pour ne pas comprendre comme il faut le sens de leur énorme sacrifice.
Pablo Pérez López est professeur d’Histoire Contemporaine à l'Université publique de Valladolid (Espagne). Spécialiste de l’histoire politique et culturelle de la Castille, il a récemment publié Católicos entre dos guerras. La historia religiosa de España en los años 20 y 30, Madrid, Biblioteca Nueva, 2006.
jueves, 18 de octubre de 2007
Lo que enseñan los periódicos atrasados
Los primeros papeles periódicos de Segovia circularon cuando reinaba en España Carlos IV, los Estados Unidos estaban en trámite de aprobar su Constitución, y Napoleón Bonaparte, a sus 16 años, se graduaba como alférez de Artillería al servicio del rey de Francia. Los sucesores de aquellos papeles siguen circulando hoy.
La historia de las publicaciones segovianas está marcada, como manda la geografía, por la proximidad a Madrid. En realidad esto vale para toda la prensa castellana y leonesa, pero pesa especialmente en el caso de los diarios segovianos: los de Madrid estaban pronto en las calles de Segovia y eran competencia importante para cualquiera que intentara sacar a la calle sus opiniones impresas todos los días. En 1890 llegó el primer intento, que se llamó, como cabía esperar, Diario de Segovia. Cerró pronto. Pero dejó el desafío en el aire, y El Adelantado, que salía dos veces por semana, se animó a hacerlo a diario en el verano de 1991: aguantó unos pocos meses el duro ritmo del día tras día, y al poco cesó en su empeño. Hubo que esperar hasta 1899 para que cuajara la publicación de un diario en la ciudad: el Diario de Avisos de Segovia. Era algo más que un periódico, sus tertulias eran el foro de debate cultural y político más caracterizado en la ciudad.
Fue así como, en los albores del siglo XX, ya con un diario en Segovia, algunos echaron de menos otra voz, que diera un tono más plural e intenso al periodismo de la ciudad. La iniciativa de crearlo partió de uno de los contertulios de la redacción del Diario de Avisos: Rufino Cano de Rueda. Adquirió el semanario El Adelantado cuando murió su dueño, y le alargó el título convirtiéndolo en El Adelantado de Segovia. A las pocas semanas, en octubre de 1901, comenzó lo transformó en diario.
La iniciativa se demostró duradera. Salvo unos meses en 1904-1905 en que se fusionó administrativamente con el Diario de Avisos de Segovia, El Adelantado de Segovia ha seguido fiel a la cita con los lectores —salvo suspensiones o causas de fuerza mayor— hasta el día de hoy. La empresa editora fue adquiriendo porte: además de imprenta propia tenía servicio de telégrafo, corresponsales en los pueblos, suscripciones a agencias para las noticias del exterior, redactores y reporteros propios. En 1916 dejó de publicarse su competidor, el Diario de Avisos de Segovia: no es fácil la vida de una empresa periodística. Disculpó su cierre con la declaración de independencia política de su colega El Adelantado de Segovia: hablar de diarios es inevitablemente hablar de política.
Surgieron y cerraron otros diarios en nuestra ciudad, pero sólo El Adelantado de Segovia siguió resistiendo la dura prueba del tiempo. En la Segunda República la competencia se hizo mayor. Y la vida más difícil: el gobierno obligó a suspender un mes la publicación del diario en 1932, y la censura dejó huella en sus páginas con frecuencia, especialmente en 1936. Con todo, la empresa siguió adelante, de la mano del hijo del fundador, Luis Cano Lozano, desde 1931. Este relevo familiar, el primero que se vivía en Segovia, fue el marchamo de la consolidación de la empresa.
En 1936, con motivo del alzamiento militar suspendió su publicación hasta el 27 de julio. Después de la guerra El Adelantado de Segovia siguió siendo el único diario de Segovia, pero ahora bajo la estrecha vigilancia de un Estado convencido que solo con su garantía la prensa podía ser lo que debía ser. La falta de libertad de expresión hizo que los hitos más importantes de esos años fueran los cambios materiales: en 1952 la maquetación y en 1965 la creciente información gráfica.
En los setenta llegaron cambios más intensos: la propiedad y la dirección del diario dejaron de estar unidas en la misma persona tras el fallecimiento de Luis Cano; llegó la libertad de expresión; en 1979 una intensa renovación tecnológica, y en los ochenta la diversificación de secciones y especiales, la integración en agencias regionales y nuevos cambios en maquinaria y tecnología de la redacción, que dejó el centro de la ciudad por instalaciones en la zona industrial. La innovación tecnológica volvió pronto a ser protagonista: en junio de 1994 El Adelantado de Segovia se convirtió en matutino, y en 1996 fue el primer diario de Castilla y León con publicación electrónica.
Desde 2001, El Adelantado de Segovia forma parte del selecto club de los diarios centenarios de España. Es, además, uno de los pocos cuyo principal accionariado sigue vinculado a la familia del fundador. Su historia, como la de todos los que han superado cien años de prueba del tiempo, nos muestra el difícil entramado de trabajos que precisa la tarea de informar a diario: sensibilidad cultural, interés informativo, apertura a la opinión, buen hacer empresarial, y no menos pericia periodística.
Pablo Pérez López
Profesor de Historia Contemporánea de la UVa (Campus de Segovia) y coordinador de contenidos para Segovia de la exposición «150 años de prensa diaria en Castilla y León. 1856-2006».
jueves, 4 de octubre de 2007
La carrera espacial, la ciencia, el pragmatismo y la ética
En la mañana del 4 de Octubre de 1957 el mundo recibió una de las noticias más impactantes del siglo XX: por primera vez en la historia de nuestra civilización se logró enviar un artefacto al espacio exterior. Era soviético. La revista Time declararía hombre del año 1957 a Nikita Kruschev, el hombre fuerte del Kremlim, que apareció en la portada del semanario coronado con la fortaleza de ese nombre y un Sputnik entre las manos. El mundo estaba asombrado, la Unión Soviética más que satisfecha, y los Estados Unidos de América francamente asustados.
Cabe preguntarse a qué tanta alarma ante lo que al parecer no era sino un logro científico, o por mejor decir, tecnológico, pero a cualquiera que conociera la historia de la ciencia y la tecnología en los últimos años la inquietud ante la noticia no le extrañaría lo más mínimo. Poner en órbita un artefacto era un objetivo que pertenecía al dominio de los cohetes, de la aeronaútica por tanto, y desde 1957 de lo aeroespacial. Pues bien, justamente la primera vez que los gobiernos intervinieron seriamente con programas de desarrollo científico y tecnológico controlados por los Estados fue durante la Primera Guerra Mundial para el desarrollo de la aviación y sus aplicaciones militares. La cuestión de los cohetes, un tanto marginal inicialmente, había sido una especialidad alemana en los años veinte y treinta. El asunto central en ese terreno era conseguir diseñar motores eficaces capaces de impulsar con fuerza suficiente una carga y de conducirla hacia un objetivo predeterminado. En el colmo de la potencia soñada se situaban los motores capaces de arrancar un cuerpo de la fuerza de atracción gravitatoria, de sacarlo de la tierra hasta convertirlo, por lo menos, en satélite artificiales del planeta y quizá lanzarlo al espacio exterior. Muchos, entre ellos Julio Verne, habían soñado con ello. Entre los que soñaban conlograrlo estaba un joven ingeniero alemán, aficionado a los cohetes caseros desde la adolescencia, se llamaba Werner von Braun (1912-1977).
Ingeniero y doctor en Física, Von Braun estaba trabajando en cohetes para el ejército alemán antes de la llegada de Hitler al poder, y siguió haciéndolo con éste en el gobierno. La razón era bien sencilla: sólo un ejército tenía la capacidad de movilizar recursos económicos suficientes para desarrollar grandes cohetes, por eso los ejércitos han sido siempre uno de los principales inversores en nuevas tecnologías, verdad de hierro que conocen todos los historiadores de la ciencia. Los nazis fueron en este sentido unos entusiastas promotores de la mejora tecnológica. En la isla danesa de Peenemunde montaron instalaciones gigantescas dedicadas al programa de cohetes, en las que trabajaban unos 6000 ingenieros. Esa industria punta se basaba también en el trabajo esclavo de miles de prisioneros y deportados en el centro de Europa. Pero los logros tecnológicos fueron sin duda grandes: los alemanes tuvieron listos misiles en 1942 y comenzaron a utilizarlos en 1944 en el frente occidental: sus V1 y V2. Los angloamericanos realizaron un bombardeo devastador de Peenemunde para tratar de anular esta industria, sin conseguirlo del todo.
Es interesante recordar que von Braun tuvo problemas con la Gestapo por manifestar públicamente que le importaba más lograr cohetes capaces de viajes espaciales que el futuro de Hitler y su régimen. Es interesante también notar que en 1944 los soviéticos pusieron en libertad a su máxima autoridad en cohetes, Koroliov, internado diez años en un campo del GULAG acusado de subersión. Korilov se apresuró a buscar información en Alemania sobre los nuevos motores y cohetes en cuanto el Reich se desplomó. Von Braun tuvo muchas posibilidades de terminar en la URSS su proyecto de cohetes, pero los americanos llegaron antes y se lo llevaron al otro lado del Atlántico.
Los años siguientes los cohetes no estuvieron en la primera línea de las preferencias de gasto de los políticos: lo nuclear y los aviones a reacción se llevaron la palma. Pero no dejó de prestárseles atención aunque no fuera más que experimentando con réplicas de las V2 alemanas del final de la guerra. Los soviéticos, no obstante, siguieron adelante con un programa de misiles en el que emplearon planos y personal alemanes hasta 1954, cuando ya habían asimilado todos sus avances. El gran éxito llegó con el lanzamiento del Sputnik. Tanto satisfizo a Kruschev que ordenó que se preparara otro satélite para la celebración del 30 aniversario de la revolución bolchevique un mes después. De paso, se colocó dentro del ingenio una perra, la famosa Laika, que dio su vida en este nuevo paso adelante de la ciencia. Los satélites artificiales habían tomado el relevo a los fuegos artificiales en las celebraciones megalómanas.
Cuando los americanos tuvieron noticia del Sputnik, colocaron a von Braun al frente de su programa espacial, y en poco más de tres meses tuvieron también su satélite artificial. Habían conjurado la amenaza de supremacía soviética y habían comenzado lo que se llamaría la carrera espacial. De ella se han derivado, sin duda, notables beneficios para la humanidad. Pero una mirada retrospectiva a todos estos esfuerzos, logros y motivaciones, no puede por menos de colocarnos ante la pregunta de si no es uno de nuestros grandes desafíos hacer ciencia y técnica con criterio ético y no sólo pragmático.
Pablo Pérez López
Publicado en El Norte de Castilla